ENTRE EL OCIO Y LA TÉCNICA ACTORAL
Luis Eduardo Yee
Luis Eduardo Yee
Que estas líneas, apreciada persona que lee, no se tomen como una reflexión. Porque según los diccionarios, para adquirir esa categoría se debe emplear en el ejercicio mental atención y detenimiento hasta comprender bien algo. Y aunque atento escribo, lejos estoy de la ambición de comprender, y menos bien, el asunto que detona este libre divagar. Léase como un ejercicio del ocio. Un momento en donde el que escribe se atrevió, por una invitación del Arce, a enunciar algunos pensamientos acerca del quehacer actoral. Quizá el principio más útil sea acotar. ¿A qué se refiere el que escribe con “quehacer actoral”? A las formas más evidentes en que se ejerce el oficio/profesión de actuar. Y podrán encontrarse muchas carencias y desconsideraciones -me disculpo desde ahora- pero en los márgenes de este divagar las personas más presentes son aquellas egresadas de las escuelas profesionales de teatro en los últimos años. Si quedan fuera las personas egresadas de escuelas ligadas a televisoras o las que cursaron sus estudios en el extrajeron o en talleres o sobre las tablas, es por pura ignorancia mía. Arranquemos pues. El inicio de estas ideas se sitúa en el momento de la verdad, cuando abandonadas las aulas, los ahora integrantes de la comunidad teatral profesional, deben aplicar lo aprendido para descifrar esta vida. Qué mejor sería que todas las personas que estudiaron actuación y con buenas calificaciones y excelente rendimiento obtuvieron su título o diploma, pudieran sentarse en un cómodo sillón a esperar la llamada de alguna gran personalidad del teatro que los invita a formar parte del elenco de su próximo éxito. Qué mejor sería. Lo cierto es que eso poco pasa. Y la tentación de desviar el escrito hacia las grandes personalidades del teatro es grande, pero no, que se trate pues, de aquellos que no pueden sentarse a esperar la llamada. Ojalá todas las personas en situación de desempleo actoral tengan un cómodo sillón. Es un buen término: personas en situación de desempleo actoral. Ya que se encontró una manera de nombrar a estas personas y su circunstancia, se puede pasar entonces al asunto en cuestión: las formas más evidentes en que se ejerce el oficio/profesión de actuar. Que, me atrevo a decir, son posibles soluciones a la condición de desempleo actoral. Para muchos, por lo menos en el primer chapuzón en el mar del mundo laboral, representa una gran ilusión imaginar que la trayectoria y el crecimiento sucederán arriba de los escenarios de los grandes teatros, arropados por famosos nombres en las marquesinas –o lonas y postales- y subsidiados por el capital público destinado al arte y la cultura. Qué bien se lee. La realidad es que cada vez hay menos de todo eso. Y al mismo tiempo hay más de lo otro, del asunto a resolver: la situación de desempleo actoral. Aquí permítanme un exabrupto: ¡Están viendo la tempestad y no se hincan! Gracias. A pesar de que las condiciones parecen cada vez más adversas, las escuelas profesionales –y las que no también- de teatro cada año titulan a más y más entusiastas que –quién sabe por qué- se arrojan valerosos al ruedo del mundo laboral. Releo lo anterior y pareciera pesimista. Aseguro que no. Todo lo contrario. Es solo que como estoy divagando, las ideas vienen como gotas en chipi chipi. Volvamos a ese momento de la verdad en que las llamadas no llegan, o no para todos. Porque hay algunas personas a quienes sí, algunas excepciones que despegan y con esfuerzo, resistencia, disciplina, suerte y otros méritos, emprenden un paso constante en los caminos teatrales del país. En esta categoría -porque qué divertido enunciar categorías- que llamaremos ACTRICES Y ACTORES SISTÉMICOS, lo que suele ocurrir es que la frecuencia con que se les ve en los escenarios, festivales, muestras, cocteles y grandes elencos –sobra mayor descripción- les vale también el pase directo a otra categoría que no se conforma solamente de los sistémicos sino que incluye también a aquellos que sin un acentuado interés por pertenecer a una aparente élite teatral, procuran mecanismos para poner en juego sus propios discursos con recursos públicos.
Ilustración Max Cachimba
O sea, piden becas. Llamémosle ACTRICES Y ACTORES FONQUI. Consciente soy de que hay muchos tipos de becas, pero me divierte aludir al Fondo Nacional que tantas satisfacciones y disgustos le da a la comunidad artística año con año. Recapitulemos. La primera es la de los sistémicos: aquellos que sí recibieron la llamada de alguna gran personalidad y que sabiendo aprovechar las oportunidades que los grandes escenarios y nombres otorgan, se posicionan rápidamente hasta pertenecer al reducido grupo de posibilidades que la élite teatral considera a la hora de conformar elencos. Bien por todos. La segunda categoría, que muchas veces incluye a muchos miembros de la anterior, es la de los dizque auto-marginados con discurso que logran llamar la atención de la institución que beneficia las jóvenes y no tan jóvenes creaciones y que dicho sea de paso, también es representada y manejada por la misma élite que hace las llamadas a los sistémicos. ¿Y ya? ¿dónde quedan los que no fueron llamados o los que no tienen interés por desarrollar un discurso propio arriba de los escenarios? Hay que decir –no es algo malo- que hay muchas personas en situación de desempleo actoral que ya no por falta de oportunidades o méritos sino por una absoluta ausencia de interés, no mueven un dedo para sufrir las inclemencias del sistema y las becas; muchas de estas personas encuentran refugio en un arte místico y luminoso: la publicidad. Con ustedes, una numerosa, bien parecida y muy particular categoría: ACTRICES Y ACTORES COMERCIALES. No se me juzgue por la ausencia de preposición. Todo es comercial, lo sé; y tampoco aludo a la forma de nombrar al teatro hecho por famosos y empresototas, no. Es la forma juguetona que encuentro para nombrar a aquellas personas que salen de la situación de desempleo actoral cada tanto comiéndose un dorito, siendo vendedores guapos de best buy, apoyando partidos políticos, simulando saber de aceites para auto; comerciales pues. Y que muchos llenan de satisfacción las caras de sus familias cuando una tarde, comiendo todos reunidos, viendo la televisión, se regocijan al ver a su ser amado siendo imagen de algún producto conocido. De estos poco sé, pero varias personas admiradas y queridas pasan así buenas rachas y hasta se van de vacaciones o compran motos el fin de año gracias a las ganancias que su bonita sonrisa les trae. Bien por todas esas personas. Hay luego otra categoría que cada vez es más rara: ACTRICES Y ACTORES DE TELEVISIÓN. En este punto habría que considerar la decadencia de las dos grandes televisoras que cada vez menos representan una opción atractiva de empleo para personas formadas en actuación en una tradición teatral. Seguramente me equivoco en esto último, pero es una ilusión que me gusta tomar por cierta. De esta categoría, la de la televisión, poco hay que decir, ya que parece monopolizada por las personas/producto maquiladas en las escuelas de actuación ligadas directamente a las televisoras. Seguro hay excepciones. Y a los valientes que se adentran en las fauces de los foros televisos y aztecos, parece estar destinada una gama de personajes que difícilmente será la de –en esa guapa escala- los protagonistas de las historias. Así que permítaseme saltarme a una categoría que despierta mucho mi interés: ACTRICES Y ACTORES DE SERIE. ¿Qué decir de esta ya no tan nueva y muy fértil forma de ejercer la actuación? ¿Qué opinión merecen las series? Tengo poca información de la historia del entretenimiento y el proceso de posicionamiento de esta forma de la ficción que parece ganar cada día más terreno pasando por encima de las telenovelas, programas unitarios y hasta las películas. Por supuesto consumo estos productos y en más de una ocasión he quedado enganchado hasta gastar muchas horas viendo las temporadas de tal o cual historia. Y que se aplauda la existencia y proliferación. Pero pienso en el consumo y la producción. Lo evidente es que si se hacen tantas series es porque existe la demanda, pero me gusta imaginar que las personas que se involucran en estos productos se detienen a valorar no solo el beneficio económico sino también el tipo de reto que tienen enfrente. No quiero dar más vueltas. Me pregunto si luego de ver las grandes series extranjeras que todos comentan, no se sienten por lo menos dudosos de hacer una serie de narcotraficantes, que no sobra decir, no solo se suma a la larguísima lista de cosas que usan el mismo asunto para vender, sino además –y esta es una opinión mía- convierten en héroes a criminales, dañando el tejido social y transformando el sentido común en algo perverso. Me pregunto si se lo preguntan. Me gusta pensar que sí y que no. Que sí, pero está la gran necesidad de salir de la situación de desempleo actoral y ahí encuentran alivio a algo que no les trae satisfacción. Y que no y que ni siquiera lo piensan. Esto ya está muy desordenado. Sin duda hay esfuerzos y resultados que se alejan del argumento del tráfico de drogas, corrupción y pobres contra ricos, de eso no hay duda. Pero al echar un ojo rápido a esta forma de trabajar actuando, noto que la mayoría de opciones para las personas que actúan en estos productos, tiene que ver con sombreros, botas piteadas, armas y demás cosas. Aplausos para lo que se alejan y aplausos para quienes participan de ello. Como me protegí al inicio, esto no es una reflexión sino solo la enunciación de algunas ideas e inquietudes del que escribe. Me voy sin clavarme en otras categorías como ACTRICES Y ACTORES JIPIS, BURÓCRATAS, POLICÍAS, DE SELFIE EN LOS CAMPERS, LOS QUE TRANSMITEN EN VIVO, LOS HASHTAG, LOS QUE ESCRIBEN, LOS QUE DIRIGEN, LOS QUE SE DIRIGEN, LOS QUE ABANDONAN EL BARCO, LOS QUE NI VAN AL TEATRO, LOS DE CINE (envidia), y otros que seguramente se me ocurrirán luego de enviar estas palabras para que sean compartidas con ustedes, apreciables personas lectoras. Al final, si algo hay que concluir, es que en esta constante batalla contra el desempleo, todas las personas que ejercen la actuación pasan por varias de estas categorías y en cada una hay retos y lecciones valiosas que en conjunto dan más que sabor a este asunto.
Ilustración Max Cachimba