Había una vez una joven actriz llamada Fátima Paola, que andaba a la búsqueda de un director para llevar a la escena uno de sus más grandes anhelos, el cuento de El mago de Oz, de Baum.

Desde mucho tiempo atrás, la historia de la adolescente Dorothy, sus torpes acompañantes, el genial ventrílocuo y el paisaje gris de Kansas le mordían el corazón.

Preparó un collage, una escenificación que en unos breves minutos pudiera mostrar su mirada de ese universo. Ella es una actriz osada, capaz de aventarse de cualquier trampolín con gran destreza física y emocional, sin dejar de mencionar su sonrisa de postal y sus piernas bellísimas. La palabra con la que habita es intensidad. “Demonios, soy muy azotada”, se decía con razón.

Lo que preparó fue la despedida entre dos hermanas, a la sombra de un árbol seco que consiguió en las faldas de un cerro, usando unos cartones grises para mostrar a los otros personajes y con el cuerpo cubierto de arcilla. Mientras sus criaturas escénicas se movían, iba cantando el huapango huasteco La bruja.

Pasaron los meses y la actriz descubrió que la idea original se había modificado, en su lugar hablaba de dos jovencitas que eligen ese cuento como una coraza para defenderse de abusos y vejaciones. Estaba hablando de la luminosidad que puede llegar después del dolor.

Fátima Paola se dio cuenta de que hay muchas maneras de llegar a una verdad escénica, una de ellas es pararse frente a una vereda con energía y ganas, golpear tres veces entre sí los zapatos y comenzar a viajar.

Ese viaje se llama El camino de Sinsol .